Luna
Cuando me busco en ti,
me miro en tu sombra
adormilada, y,
en silencio,
admiro la forma de los sueños.
Acaricio el narciso
reflejado en el espejo de tu cuerpo.
Te acaricio y me acaricio.
Te busco
y me fusiono en el encuentro.
Me busco así,
sutil ante la belleza
que gira en torno a quien amo;
en la suavidad de tus mejillas,
seda en carne viva.
Me embriaga el sabor
de la boca
que enarbola la corola de mis senos,
la mordida oscura de la fruta
en que, dulcemente, se transforma
mi sexo.
Mis ojos imaginan
y, con deleite, recorren la eterna figura
que adoro.
Tus brazos me toman
y poseen con fuerza mi cintura;
a la espera
de la avidez de unas piernas que
—cual lianas salvajes—
se enredan y se atrapan.
No existe el tiempo.
No hay límite
entre tu cuerpo y el mío.

